miércoles, mayo 24, 2017

Después de las Maravillas.


- ¿Y qué pasó después con Alicia?
- Pues nada, lo que os he dicho, que fue feliz.
- Ya, pero digo después de las perdices y eso... ¿Qué fue de ella? ¿Se casó con alguien? ¿Se hizo adulta?
- Sí. Estuvo en el instituto de aquí de la ciudad. Conoció a un chico que jugaba al baloncesto con el que al final se casó. Y tuvieron un hijo, Diego, y dos hijas, Lola y Candela.
- ¡Pero mamá, Lola y Candela somos nosotras!
- Ya lo sé, hija. Venga a dormir, que es la hora. -Contestó Alicia a sus hijas.

miércoles, abril 12, 2017

Reinas y Viceversa.



Al preguntar la reina al Espejito Mágico quién era la más bonita, éste le respondió que de momento era ella, pero que siendo tan mala persona, nunca sería capaz de enamorar a ningún príncipe azul.
Fue entonces cuando decidió dejar de preocuparse por la estética. Aflojó su corsé y se recogió el pelo en una cola. Empezó a ver la vida de otra forma, a tratar de encontrar la empatía. Colaboró con una ONG y dejó de pavonearse por delante de los jóvenes apuestos de las cortes vecinas. 

El Espejito le insistió en que debía convertirse en una persona más culta e interesante para gustar a su príncipe azul. Se refugió en la literatura, empezó a estudiar Historia, se interesó en aprender a tocar el piano, la guitarra. Pasaba las noches escuchando música clásica, practicando la técnica de la acuarela, iba al teatro, a exposiciones de arte...

Hasta que un día, al salir del conservatorio, vio a su amado príncipe azul dándose el lote con Blancanieves en el banco de un parque. Para su sorpresa no lloró. No se puso siquiera triste. Tenía más ganas de volver a casa y seguir leyendo el siguiente capítulo del último libro que le esperaba impaciente sobre la mesita de noche. Y de vuelta a casa se dio cuenta de que ya no le gustaban los sosos príncipes azules, sólo preocupados por la estética y la belleza. Bellos por fuera y vacíos por dentro.

Al llegar a casa fue a darle las gracias al Espejito Mágico, pero allí sólo vio su rostro. Y en el brillo del reflejo de sus ojos descubrió que, quien una vez le habló desde el otro lado del cristal que invertía la realidad, tan solo fue su propia conciencia.

sábado, diciembre 03, 2016

El perro verde.



Anas entró en su tienda hecha con telas impermeables y se sentó frente al espejo. Se quitó el sombrero con forma de tarta de cumpleaños y percibió en espejo su mirada cansada debajo del maquillaje, con el flequillo sudado pegado a la frente. Cogió un trozo de tela, lo mojó por un extremo en agua y comenzó a quitarse los colores de su cara que lo habían transformado en el payaso que era. Mientras trataba de zafarse del color blanco que había quedado entre los pelos de la barba, se puso a pensar en que la jornada había sido igual de bonita que las demás, igual de reconfortante, aunque seguía siendo un trabajo extremadamente duro. Venía de jugar con cinco niños. Dos de ellos eran hermanos que habían perdido a sus padres en un bombardeo. El niño tenía nueve años. La pequeña tendría unos seis o siete y no era consciente del infierno en el que vivían. Tal vez nunca sería capaz de comprenderlo. Él mismo, que era un adulto, no lo entendía.

En mitad del juego del pañuelo, la pequeña se había sentado en el suelo y le había preguntado por mamá. Al recordarlo se le volvieron a empapar los ojos, a encoger el corazón. Tragó saliva. Los otros chicos tendrían unos diez u once años. No conocía bien la historia de estos, pero no distaría mucho más de la del resto de niños de aquel campo de refugiados.
- ¿Te gustan los perritos? -La niña lo había mirado con dos ojos enormes y asintió con la cabeza. Anas dio por finalizado el juego del pañuelo y sacó un inflador de globos moldeables. Tras girar uno en varias direcciones, con la destreza de quien realiza los movimientos de forma automática, un divertido perrito verde hecho con aquel globo iluminó la mirada de la pequeña, quien enseguida lo adoptó como su nueva mascota. Los demás críos se le echaron encima riendo, jaleando, solicitando un juguete recién creado para ellos también.
- ¡Yo quiero una espada! -Pedía el más alto.
- No sé hacer espadas -mintió- ¿No prefieres un perrito chihuahua? -El niño afirmó con la cabeza. Bastante despedazada tenían ya la vida con las armas de verdad como para que los juegos infantiles también fuesen con armas.

Metió las manos en el cubo donde mojaba el trapo con el que se limpiaba la cara y aprovechó para refrescarse la testa. Volvió a contemplar su reflejo en el espejo, ya sin los rasgos que le transformaban en payaso. Su mirada se posó en un pequeño recorte de periódico que le habían hecho llegar, pegado en una esquina del espejo. Estaba escrito en inglés. Era una foto de su segundo mes en el campo de refugiados, donde aparecía jugando con otros niños con su colorida indumentaria. El titular rezaba “El contrabandista de juguetes de Alepo”. Sonrió y volvió a decirse que aquello merecía la pena.

Alguien ha compartido hoy por Facebook una noticia de Europa Press que he podido leer en mi móvil, sentado en mi sofá mientras escuchaba música y descansaba las piernas tras haber estado haciendo deporte. El titular decía: “Muere el Payaso de Alepo en un bombardeo en la zona de la ciudad bajo control rebelde”.

He pensado que ojalá en el mundo hubiese más payasos haciendo perritos verdes de globo y menos gobiernos haciendo espadas de verdad.

miércoles, noviembre 30, 2016

Las manos.



Las miro y ahí están, con su simetría imperfecta. Siempre por delante de uno, las primeras herramientas. Las principales. Son las que nos permiten expresarnos creativamente. Las que apoyan el significado de lo que dice nuestra voz, las que refuerzan las expresiones de la cara. Los peones de lo que nuestro cerebro manda. Obreras que realizan las tareas del hogar, que escriben, que saludan, que expresan. Manos de bebés que empiezan a conocer el mundo, manos de violentos que sólo hablan a golpes. Manos exploradoras, curiosas, de adolescentes que empiezan a conocer de primera mano la anatomía del deseo. Manos encallecidas del trabajo, manos suaves, largas y estiradas de pianista sin oído. Manos que dan la mano. Manos que la niegan. Manos que te ayudan a tenerlo todo a mano.

Manos entrelazadas de enamorados y puños cerrados que guardan odio y rencor. Manos tan imprescindibles como olvidadas. Manos que agradecen que nos acordemos de ellas aunque sólo sea en este ejercicio literario. Y es que más vale pájaro en mano, que mal que cien años dure.

Luis Almagro.

jueves, septiembre 22, 2016

olvidando recuerdos.



Lo que nos marca, lo que nos define, lo que somos sin duda es nuestra trayectoria. El camino que cada uno o cada una lleva, las vivencias, los traumas, las experiencias, la gente que nos rodea, que nos moldea y que moldeamos. Familia, amigos, pareja… Todo nos va haciendo como somos. Sabemos quiénes somos porque miramos a nuestro entorno y nos situamos; nos retratamos ¿Pero qué pasaría si al mirar a nuestro entorno no supiéramos en qué entorno estamos? ¿Qué pasaría si no conociésemos a las personas que nos rodean, el lugar en el que estamos, y al mirar dentro de nosotros mismos, no fuésemos capaces de saber quiénes somos, cómo hemos llegado hasta ahí? Concretando: ¿Qué pasa si de repente nuestros recuerdos se borran? 

Hoy da la casualidad de que se ha celebrado el día mundial del Alzheimer. Yo considero interesante que se celebre más que nada porque creo en la necesidad de concienciar a la sociedad sobre el asunto. Veo bien que se investigue y se trate de erradicar una tristísima enfermedad que mata lentamente, primero a la persona que lo sufre y segundo a su entorno. Para evitar este problema es necesario que los políticos respalden a los científicos, que no se invierta más en aeropuertos desiertos o autovías duplicadas, por ejemplo, que en investigaciones médicas.

Ojalá ninguno de los que leáis esto tenga que sufrir en sus carnes o entorno esta enfermedad, porque es cruel. Va borrando a las personas paulatinamente. Cuando sabes que alguien cercano la tiene, sufres. Aunque te alivia saber que no va a morir de repente, realmente desde el momento que empieza esa enfermedad, la persona que la padece ha empezado a morir. Mueren sus recuerdos, su trayectoria, su personalidad. Primero son tonterías como ir a la cocina y no saber a por qué ibas, ir a hacer la compra y no saber qué necesitas. Esas pequeñas necedades agrian el carácter. Luego se van borrando los recuerdos recientes; qué hiciste ayer, qué has comido hoy. Llega el momento en que conoces a muy pocas personas de tu entorno, aunque seas capaz de recordar detalles de tu infancia. Lo más cruel es cuando pierdes los papeles porque todo el mundo te está haciendo la contra. Te rodeas de desconocidos que te llevan la contraria a cosas que tú ves súper lógicas, como volver a casa antes de que tus padres se acuesten y se preocupen, y no te das cuenta de que realmente ese desconocido que te mira es tu hijo o tu hija, y te está diciendo que no es buena idea salir a la calle por la noche en pleno diciembre, y que tus padres no te esperan porque murieron hace cuarenta años.

No sólo sufre la persona que padece esa enfermedad; sufren todos los que le quieren. Desde el familiar que pasa un rato con él o ella hasta el doctor o doctora que le atiende dos veces al año. Se sufre porque se ve cómo se va borrando la personalidad del paciente, al estilo que se iba borrando Marty McFly en Regreso al Futuro cuando sus padres se distanciaban y él insistía en unirles. Se va borrando todo, hasta que un día esa persona no sabe ni quién es, ni cómo se llama. Hasta que la persona deja de andar, de hablar, de comer y de respirar.

Quiero aprovechar este rincón de internet para agradecer a todas las personas que han hecho que la enfermedad de mi abuela sea más llevadera tanto para ella como para mi familia. Quiero recalcar la inmensa labor de la gente de AROAL de Ronda, porque esta enfermedad es una cabrona, y la gente de AROAL la torea con arte, y sobre todo con cariño. Porque lo que hacen no se paga ni con la fortuna de tres Amancios Ortega. Porque si me tiro cuatro años delante del ordenador escribiendo la palabra “Gracias” seguirían siendo pocos.

Quiero agradecer a la gente de la Residencia de Arriate ya no su trabajo, sino el cariño con el que han tratado a mi abuela. El cariño con el que tratan a todas esas personas que, abandonadas por sus recuerdos, tienen la gran suerte de caer en sus cuidados. Los besos, los mimos y las sonrisas que le han regalado durante todo el tiempo que la han cuidado, aun sabiendo que no iban a recibir una sonrisa de vuelta o un buen gesto, porque los enfermos de esta cabronada que se llama Alzheimer quedan privados hasta de la posibilidad de agradecer lo que hacen por ellos. Gracias y mil gracias a las monjas de la Residencia de Arriate que vierten su vida en cuidar de personas que necesitan de los demás, y gracias y mil gracias también a los enfermeros y cuidadores de allí, por estar siempre pendientes, por ir a deshoras a ver si los enfermos están tapados, por insistir en darles una cucharada más de sopa el día que no quieren comer, por ponerle el termómetro tres veces más de lo que dice su código deontológico para ver si les ha bajado la fiebre. Por la humanidad con la que tratan a los enfermos y por la humanidad con la que tratan a los familiares, porque esa humanidad hace que convivir con esta enfermedad, repito, tan cabrona, sea más llevadera, aplacando momentos complicados. Y sirve de consuelo saber que, a pesar de que quien la padece empieza a morir, también es verdad que ese camino es más llevadero.

Especial mención me gustaría hacer a MariÁngeles, la persona que más tiempo ha dedicado a mi abuela desde finales de 2008 hasta el final. MariÁngeles ha recibido de ella más insultos que besos. Más golpes que buenas palabras o cariños, pero siempre ha estado ahí. Siempre con esa delgada e infinita sonrisa. Siempre con esa paciencia y ese cariño eterno. 
Yo sé que mi abuela no pudo nunca agradecerle todo lo que hizo por ella, pero al menos yo voy a estar agradeciéndole lo que ha hecho por ella el resto de mi vida. Porque la forma en la que la ha tratado, a pesar de los malos modos, siempre ha sido exquisita. Por las diez veces que la llamaba cada mañana, con esa paciencia eterna y ese cariño maternal, mientras le preparaba un zumo o un café. Por esa alegría rubia que llenaba la sala cada vez que ella aparecía, para iluminar la tristeza de los recuerdos que se fueron.
No tendría creatividad literaria suficiente para expresar, para agradecer, todo lo que MariÁngeles ha supuesto en la última etapa de la vida de mi abuela. Y sé que su pérdida le ha dolido tanto como nos dolió a nosotros, porque el amor que ha dispensado MariÁngeles a mi abuela ha sido más que el amor de una cuidadora: ha sido el amor de una nieta sin consanguinidad. Porque MariÁngeles se ha convertido en una pieza importantísima de mi abuela; en una más de nuestra familia. No saben sus hijos la suerte que tienen de tener por madre a una nieta tan ejemplar como ella, con un corazón tan desmedido en un cuerpo tan enjuto. Si algún día la ven por la calle, quítense el sombrero ante ella, porque lo que ha hecho con mi abuela y lo que hace a diario con tantas personas con esa enfermedad es para quitárselo.

Por supuesto, la parte más dura de la enfermedad, amén de la persona que la padece, es para las personas que cuidan. Y en mi caso han sido a partes iguales mi madre y mi tía, las que durante casi una década han pasado noches en vela pendientes de que la mente de mi abuela no quisiera dislocar cada madrugada. Las que han dejado de hacer vida social, de playas, bares, cines o viajes. Las que han tenido que pedir horas o días en el trabajo y las que han hecho un paréntesis a tiempo completo en sus vidas durante la década en que la cabrona enfermedad ha sido dolorosamente cruel con mi abuela. Las que al principio trataban de hacerle ver que era mejor no ir misa en agosto a las cuatro de la tarde, y que luego trataban de disuadirla con un plan mejor, una y otra vez. Mil veces en una tarde. Y a la tarde siguiente vuelta a empezar desde cero en un despiadado día de la marmota. Las que a la mesa esperaban horas mientras la enfermedad decidía que era la hora de comer. Las que con voluntad hacían puré una comida o buscaban un menú acorde al paladar de quien no puede valerse por ausencia de memoria. Y con esa dedicación y esa paciencia que yo en mi vida sólo he visto en las madres. Esa paciencia que mi madre y mi tía dispensaban a su madre.

Vaya desde este rinconcito mi reconocimiento a todas las cuidadoras del mundo, porque vivimos en una sociedad “igualitaria” que deja la mayor parte de los cuidados en espaldas femeninas. Mi reconocimiento a la labor que mi madre y mi tía han tenido durante tantísimas horas con esa enfermedad tan cabrona. Y por extensión, que sirva de homenaje mi ejemplo más allegado a todas esas personas que ahora mismo están cuidando de gente que no saben quiénes son ni qué necesitan, pero que precisan de alguien con la cabeza llena de recuerdos, porque el Alzheimer un mal día decidió beberse lo suyos. Poco a poco, como un parásito despiadado.

Sirvan estas humildes palabras para quienes cuidan de personas que necesitan de sus cuidados y lo hacen sin reproches, sin malos gestos, con una injusta e inmerecida insumisión. Personas así sois el verdadero valor en alza que tiene nuestro país. Porque si un día faltaran las y los cuidadoras y cuidadores y el Estado tuviese que hacerse cargo de los enfermos que son atendidos por estas personas, entonces sí que estaríamos en crisis. Pero en crisis de verdad.

domingo, marzo 20, 2016

Salvador Boza: uno de mis referentes.



Corría septiembre del 98; yo venía de hacer dos cursos en un instituto en el que estaban todos mis amigos del barrio, de mi adolescencia. Era mi zona de confort, me movía como pez en el agua por las 6 clases de la ESO de aquel instituto Pérez de Guzmán, saludando a unos, bromeando con otros. Justo en aquel momento tenía decidido enrolarme en solitario en una aventura artística que acabaría desembocando siete años después en mi licenciatura de Bellas Artes.

En aquel septiembre del 98 ya empezábamos a buscarnos la vida con la primera chirigota que aún no había salido del cascarón. Faltaba un mes o así para que Chito y yo nos conociésemos y me pidiese aquella cinta de casette de carnaval que nunca me devolvió, y yo me cambié de instituto para hacer el bachiller de Artes. Iba sin norte y con mi tranquilidad social perdida, pero confiado en conseguir pronto esa comodidad de la que había gozado en el anterior centro. 

Los primeros días en aquel bachillerato de artes parecían fríos e impersonales; nada que ver con las risas diarias que me pegaba con mi primo Juandi, Carlitos, Cabeza, Manu o Lacave, por decir algunos. En aquellas aulas desconocidas, impersonales, coincidían estudiantes que muchos de ellos se conocían de años anteriores por haber estado matriculados en el mismo centro, por lo que era bastante difícil, a pesar de mis habilidades sociales, calar entre ellos.
Sólo en una mesa, con mirada pensativa y aire absorto, habitaba un loco artista con quien coincidí. No tardamos mucho en hacer buenas migas: él también era carnavalero y le flipaban los cuartetos. Con las rimas de las primeras parodias del Vera Luque fuimos entablando amistad y a día de hoy Pedro es casi como mi hermano.

El curso empezaba a avanzar y entre nosotros iba calando, nos iba empapando poco a poco, la simpleza educativa y artística de aquel hombre de cuarenta tacos más o menos. Tenía más pinta de ser un trabajador del campo que de un profesor de arte. Hablaba con voz grave y nos bajaba de las nubes a la primera de cambios.
Salvador Boza nos medía, y nosotros a él, porque éramos la primera promoción de bachillerato de Artes, y Salvador tenía que aprender por dónde iba a tirar con nosotros y dudaba de lo que iba a encontrar allí, de la misma manera que nosotros estábamos perdidos y a veces confiados en exceso, en una clase a modo de taller a la que el sistema educativo no nos había acostumbrado.

Salvador nos iba hablando de dibujo, de carboncillo, de temple al huevo, de frescos y óleos, de sus vidrieras para iglesias, de un tal Mantegna, de la facultad de arte de Sevilla, de Velázquez, del Renacimiento italiano, de arte clásico y arte abstracto... Nos daba varias asignaturas artísticas, pero él, un hombre que convertía lo difícil en sencillo, que siempre tiraba por la calle de en medio, dividía los trimestres en asignaturas y nos tenía 3 meses haciendo dibujo, luego tres haciendo modelado y por último otros tres trabajando técnicas pictóricas. Por su culpa aborrecimos a la Venus de Milo, aunque diez años después la vi en el Louvre y fue un flechazo a primera vista. Por culpa de Salvador nos metíamos en el taller en la hora del recreo, siempre que había un hueco porque faltase algún otro profesor, llegando incluso a escaparnos de otras asignaturas para entrar en su taller.

Salvador nos daba la caricia y el golpe a la vez. Nos narraba su vida mientras pintábamos y todos reíamos divertidos. Nos explicaba cómo era la vida en la carrera de Bellas Artes y todos los de aquella clase nos imaginábamos deambulando por sus pasillos, con aires bohemios, saboreando la libertad. 

El segundo año tuvimos la grandísima suerte de ir a Italia con él. Arezzo, Florencia, Roma, Il Cupulone, Miguel Angelo, Rafael Di Sancio... La bandera del Betis en el autobús, la guitarra del loco al que Salvador le regañaba porque no tocaba bien las alegrías para que él pudiese lucir su canto por Camarón, brindiccino con limoncello... y arte y pasión por lo que nos transmitía.

Cuando trabajábamos en su taller, Salvador nos contó cuando estuvo a punto de perder un ojo y ya pensaba en qué parche iba a lucir, nos contó sus escaqueos en tren para ver a sus ligues en su juventud, nos cantaba por Camarón cuando le insistíamos... y de repente un día nos dimos cuenta de que aquel hombre se había convertido en nuestro ídolo. Salvador era nuestro referente máximo y todos queríamos ser como él, seguir su trayectoria, pintar como él, crear como él. Y a pesar de todo, creo que ha sido con el tiempo cuando lo he ido valorando de verdad.

En cinco años de carrera de Bellas Artes aprendí mucho, trabajé muchas técnicas y la saboreé con placer, pero yo ya sabía un poco de todo lo que aprendí en aquella facultad, porque Salvador nos lo había enseñado en su taller del instituto.

Cuando iba por segundo o tercero de carrera, en una semana festiva en Sevilla, me colé por el taller que había sido nuestro segundo hogar y estuve hablando con él. Había nuevas caras, nuevas ilusiones en su nuevo alumnado. Él me presentó orgulloso y me pidió que les explicase cómo era la carrera de Bellas Artes. Allí lucían colgadas de la pared unas auto-caricaturas que nos hicimos en los primeros días que lo conocimos.

También tuve la suerte de coincidir con Salvador como jurado en un concurso de pintura rápida que organizó el ayuntamiento de Ronda. Me sentí importantísimo por ser jurado junto con él, a la altura de quien llevaba tanto tiempo siendo mi referente.

Años después me he visto trabajando como docente en un aula, ante chiquillos y chiquillas que no tienen esa pasión que nosotros teníamos, pero que yo he pretendido transmitir. Y he querido ser Salvador. He querido empaparles el gusto por lo creativo, por el arte, por plasmar ideas. Ahora valoro más que nunca a educadores que tuve como Ángel o Salvador, posiblemente los dos mejores docentes con los que me he cruzado. Yo quiero ser como ellos. Siempre que me dispongo a explicar un tema nuevo, a proponerle un trabajo nuevo a mi alumnado, me acuerdo de ellos y me digo "¿Cómo explicaría Ángel esto? ¿Qué haría Salvador para que mis niñxs cogiesen el proyecto con ganas e ilusión?".

Recientemente me han dicho que Salvador estaba teniendo problemas serios de salud y me ha invadido una tristeza atroz. A pesar de que hace años que no le veo, me ha dolido como si le pasase algo malo a alguien cercano, y me he dicho que tal vez no haya sido justo con Salvador. Nunca le di las gracias por todo lo que hizo por nosotros. Nunca le he dicho que su día a día me ha marcado para siempre, que su talento, su cariño, su dedicación, sus consejos y sus palos me han venido de maravilla. Nunca en mi vida académica aprendí más que en aquellos dos años de bachillerato, y en grandísima medida se lo debo a él, que fue capaz de resumir una carrera de cinco años en dos. Fue capaz de transmitirme aquel amor por el arte que me va a acompañar siempre.

No sé si alguno de los que leáis este texto tiene acceso a Salvador Boza, pero si así fuese, me gustaría que se lo hiciéseis llegar. Me gustaría darle las gracias a Salvador por todo y darle todo mi ánimo y mi cariño, esperando que se recupere lo antes posible.

Gracias por ser uno de mis referentes, Salvador Boza. 


Luis Almagro. 1º/2º Bachiller de Artes. Cursos 1998/2000.

jueves, marzo 12, 2015

La Sombra del Viento



Ha sido de lo más disparatado que me ha pasado nunca, pero os juro que lo pasé mal.
En aquella época yo no tenía coche y no tenía más remedio que ir y venir a la facultad en el tren de cercanías. Ciertamente era un fastidio, porque el tren paraba en tantas estaciones que finalmente tardaba dos horas para un trayecto de veinte minutos en coche.
Tratando de combatir aquellos tiempos muertos, me hice un ávido lector. Todos mis viajes en tren con todas sus esperas en la estación me eran amenizados con algún libro.
Por aquella época andaba yo con "La sombra del Viento", de Ruiz Zafón.
Mientras descubría las aventuras de Sempere y Fermín por el barrio Gótico de Barcelona, el traqueteo del tren me recordaba que no andaba yo por esa realidad que tan magistralmente retrataba Zafón, sino en el trayecto hacia mi facultad. Y de repente, cuando el vagón hizo uno de esos bruscos movimientos en las juntas de la vía, me di cuenta de que frene a mí iba sentada una muchacha que me miraba fijamente. Llevaba una chaqueta vaquera, una camiseta negra de Friends y una falda de la que asomaban dos piernas cruzadas con medias a rayas de colores. Le dediqué mi sonrisa de vendedor de aspiradoras y arqueé las cejas como si fuese un presentador de tv, pero la chica no me miraba a mí, sino al libro de Zafón.
- ¿Te gusta el libro? ¿Te lo has leído?
- Una vez me dijeron que a veces las personas no recomiendan libros, son los libros los que recomiendan a las personas. -Me lo dijo sin levantar la vista del que me estaba leyendo. No me miró en absoluto a mí, sólo al libro.
- Vaya, ¿eso quiere decir que este libro te recomienda a alguien como yo? ¿Te has leído ya "La sombra del Viento"?
- No lo he leído, pero me encanta la foto de la portada… -Lo soltó con total normalidad, con la inocencia de una niña de diez años, sin dejar de mirar el libro, sin mirarme a mí. Yo reí divertido ante su ingenio. Más tarde descubriría que aquella chica simplemente era así.

Coincidimos un par de veces más en el tren hasta que un día me envalentoné y la invité a mi piso a cenar. Me extrañó que me dijese varias veces que le encantaría, pero que si yo estaba seguro, que si realmente quería que fuese. Como estaba acostumbrado a sus rarezas y a sus respuestas contra pronóstico, tampoco le di demasiada importancia y le insistí para que viniese a casa.

Esa noche cociné crema de verduras y pescado al horno, tratando de conquistar su paladar, y compré una marca de vino que me habían recomendado que era buena, bonita y relativamente barata. El pescado se me fue un poco de tiempo y me salió un poco pasado. Creo que desde ahí todo empezó a ir mal… pero no me esperaba que acabase fatal.

Desde que llamó al timbre y le abrí la puerta ya noté algo raro: estaba más nerviosa de lo habitual y no paraba de rascarse la cabeza. Fui a darle dos besos pero ella, sin mirarme siquiera, entró en la casa y empezó a andar por el pasillo. Me tuve que aguantar la risa cuando quiso entrar en la puerta de un armario empotrado que había junto a la puerta de la cocina, pensando que allí estaba el salón. Para tranquilizarla, la tomé de la muñeca y la dirigí con calma hacia el comedor. Llegamos hasta la mesa y se sentó frente a mí pero apenas si me miraba, sólo tenía la mirada baja o mirando al infinito, pero parecía que a mí nunca me enfocaba.
- ¿Te apetece una copa de vino? -Le pregunté amable.
- Prefiero no beber.
- Bueno, sólo una copa. Los médicos dicen que una al día es buena para el corazón… -Le di la espalda y fui a la cocina a por la botella.

Cuando volvía por el pasillo la escuché hablar bajito. 
- ¿Me hablas a mí? -Al volver a entrar en el salón me percaté de que estaba diciendo algo que no sabía de qué iba- ¿Qué me dices? No te he entendido.
- No hablaba contigo.-Me dijo. Y siguió hablando con alguien que yo no llegaba a ver. Estaba discutiendo, insistiendo en la idea de que habría sido mejor quedarse en casa, pero nadie le contestaba.
- ¿Te encuentras bien? -Me asusté. De repente su semblante cambió y pareció mucho más tranquilo. Por primera vez me miró a los ojos y sonrió con ternura.
- Sí, estoy bien. ¿Qué hay para cenar? -Le serví una copa de vino y abrí una sopera elegante para servirle.
- Crema de verduras y pescado. Si quieres tengo también vino blanco que le pega más al pescado.
- Este está bien. -Dijo. Cogió la copa y de un sólo trago se bebió todo el vino que le había echado. La miré un poco sorprendido.
- ¿Quieres más vino? ¿Quieres alguna otra cosa?
- Pan. -Me dijo sonriendo con la copa aún en la mano.
- Voy… voy a la cocina a por pan… -No sabía si me estaba vacilando o le pasaba algo raro. 
Nuevamente cuando salí del salón volvió a discutir con alguien. Esta vez daba voces y mandaba callar, pero no entendía bien todas las palabras que decía. Cuando volví con el pan se calló y me miró con ojos de loca.
- Dice que ahora querrás acostarte conmigo.- Me soltó de golpe.
- ¿Acostarnos? No, solo quiero que cenemos. Esas cosas pasan si tienen que pasar, pero la invitación era a cenar, sin más intención que esa…
- ¿Ves? Te dije que sólo quería cenar…
- No te entiendo. ¿Qué dices?
- A ti no es, te lo he dicho antes…
- ¿Con quién hablas entonces?
- Con Daniel Sempere.
- ¿Daniel Sempere?
- Sí. Tú le conoces. Es el que cuenta lo que le pasa en "La sombra del viento".
- ¿Te has leído ya "La Sombra del Viento"?
- Sólo la mitad. He perdido el libro.
- ¿Y qué es eso de que estás hablando con Sempere? -Ella sonrió y tomó una cucharada de la crema de verduras. Entonces empezó el verdadero espectáculo. Puso cara rara, cogió el plato de crema y lo estampó contra la pared.
Yo me puse en pie y di varios pasos hacia atrás. La pared parecía un cuadro de arte conceptual. Varios trozos de la cerámica del plato estaban pegados a la pared por la crema y se deslizaban lentamente hacia el suelo.
- ¡La crema de verduras quema mucho! -Me espetó enfadada con la cuchara en la mano.
- Joder, pues haber soplado, ¿Qué quieres que yo le haga? -Me hablaba con una voz muy rara. Me estaba asustando.
- Me he quemado la lengua… -Y cogió la botella de vino y se la bebió enterita sin respirar. Cuando bajó la botella ya vacía tenía más cara de loca aún.
- Oye, creo que será mejor que te vayas. Esto no va a funcionar… -Le dije con amabilidad, manteniendo una distancia prudente con ella. Y ahí empezó el show.
- ¡Te dije que no quería acostarse conmigo! -Gritaba mirando hacia el infinito- ¡Siempre venís a estropeármelo todo! ¡Me tenéis harta! -Cogió por la boquilla la botella vacía de vino con las dos manos y se golpeó ella sola en la frente por la parte más gruesa. Sonó como la primera campanada de fin de año.
- ¡Ten cuidado! Te vas a hacer daño… -Instintivamente me acerqué para quitarle la botella y al bajar la guardia y acercarme me dio una bofetada. Con una agilidad tremenda cogió la sopera llena de crema de verduras y me la derramó por el pecho. Tenía razón: quemaba muchísimo.
- ¡Sempere, déjale. Sabes que me gusta, que es un tío majo! -Gritaba. Entonces fue a darme un botellazo en la cara y pude esquivarlo de milagro, pero con el revés me dio en el pecho y me dejó sin aire. Tenía mucha fuerza para lo delgadita que era.
- ¿Pero qué haces? ¡Me vas a hacer daño!
- ¡Sempere, que lo dejes! -Gritó. Y justo después lanzó la botella de vino contra la tele. Si hubiese sido una diana se hubiese llevado un 25 doble: es decir, dio con la boca de la botella en todo el centro de la pantalla y se quedó clavada en mi tele de culo del año 2002 -¡SEMPEREEEE! -Gritó de nuevo.
- Oye, en serio, es mejor que te vayas a casa… -Aquello alimentó su locura más aún porque empezó a gritar muchísimo. Vi que de repente cogía todos los cuchillos y tenedores de la mesa e inmediatamente corrí a encerrarme en el baño. Eché el pestillo y me recosté contra la puerta, tratando de entender qué estaba pasando. Los gritos seguían en el salón y no sé qué estaba tirando contra qué pero por los estallidos que conté ya no quedaban platos sobre la mesa. Me miré en el espejo del baño y tenía el pecho lleno de crema de verduras. Entonces me percaté de que aún me estaba quemando con la crema pero que por la adrenalina no me quemaba demasiado. Me quité la camisa y tenía todo el pecho rojo de la crema caliente y un moretón del botellazo.
Escuché que salía del salón y entraba en la cocina dando voces. Entonces empezó una nueva orquesta: todos los platos, vasos, sartenes y enseres de mi cocina marcaban un ritmo macabro al estrellarse contra las paredes, los muebles o el suelo. 
Por suerte sonó el timbre y los ruidos cesaron. Ella fue a abrir. La escuché pasar por delante de la puerta del baño en la que estaba. Continuaba discutiendo sola con Daniel Sempere, el protagonista de "La Sombra del Viento".

Al parecer un vecino había llamado a la policía por tanto ruido inusitado. Dos agentes se personaron y ella les abrió con un cuchillo jamonero en una mano, un mortero en la otra y con la cabeza ensangrentada por los vasos que se había roto en la frente. Obviamente la redujeron mientras ella seguía maldiciendo y culpando a Sempere de todo. Llamaron a una ambulancia y entonces salí de mi escondite con las manos en alto y tratando de explicarme. Un policía me obligó a ponerme contra la pared del pasillo y, tras cachearme, le conté como pude, aún contra la pared, todo lo sucedido, mientras ella gritaba poseída por Sempere.

Cuando llegó el de la ambulancia la reconoció enseguida de otros brotes en los que ya la había atendido. Le pinchó un calmante y le limpió las heridas. Nos contó que por los síntomas llevaba tres o cuatro días sin medicarse, que se la llevarían a observación para ver si tenía daños. 

Me dejó la casa como si hubiese habido una fiesta de heavys en cada habitación. Los policías, tras pedirme los datos, identificación y todo lo necesario, salieron acompañados del sanitario de la ambulancia que la llevaba al hospital. Entonces la miré y volvía a tener esa cara de niña inocente. Era otra vez esa chica guapa que una vez conocí en el tren de cercanías con las medias de colores. Me sonrió.
- Oye, a ver si otro día quedamos para cenar y me cuentas qué le pasó a Sempere, que he perdido el libro de "La sombra del viento" y el cabrón no me lo quiere contar… -Sonreí.

- Te lo cuento, pero los platos y vasos que sean de plástico, por favor...