
Dicen que cuando una persona muere se le pasan por delante imágenes del resumen de su vida. No sé si esto será fruto de la leyenda o tal vez una forma cinematográfica sobreexplotada para hacer que el espectador comprenda cómo fue el personaje en cuestión. El caso es que, independientemente de qué sea, si eso es verdad, sé cuáles serán algunas de esas imágenes que se me van a pasar por delante el día que trinque la maleta y me vaya para el otro barrio…
Para situarnos en un nivel un poco más terrenal os comentaré: Allá por el año 95 un servidor ya soñaba con salir en carnaval. No pudo hacerse realidad hasta varios años después, cuando un Chito veinteañero, por puro compromiso, empezó a dirigir a un grupo de pubertosos chavales que no sabían muy bien qué era esto del carnaval. A partir de ahí a ir creciendo lo que cada año se pudo en el ámbito carnavalero. Muchos fueron cayendo por el camino por poca pasión por la carnestolenda fiesta o simplemente por compromisos amorosos, estudiosos, laborales y de algunas otras índoles. Se sucedían las noches escuchando el Falla por la radio, soñando con pisar un día las tablas de tan preciado templo. Oí a grupos salir llorando de allí de alegría o de rabia. Oí gente a la que le habían echado el telón por malos, y gente portada por aficionados cual torero saliendo por la puerta grande. Oí cómo unos abucheaban al gran Martínez Ares y oí cómo otros hacían lo mismo con el que ya por el año 97 era mi ídolo: Aragón. He visto muchas horas de carnaval y me ha quitado el sueño muchas noches la loca idea de pisar las tablas de aquel teatro colorado por fuera y negro por dentro.
Y un año, de repente, como suceden las cosas en la vida, el sueño se hizo realidad. El viaje en autobús a La Tacita de Plata, arrancándole infructuosamente la pegatina de publicidad (aún a día de hoy no cobrada, gracias, partidopopular de Ronda) al bombo. Los nervios, la parada en el camino, las fotos que nos hicimos. La peña en la que nos cambiamos. Aquel olor a bar de viejos, cerveza, maquillaje, crema y nervios. Disfraces, pelucas, maquilladoras (gracias a todas ellas una y mil veces). Una cerveza. Y otra. Y luego otra. Y otra. Y otra más. Las tortillas que nos trajo el bueno de Chato con su correspondiente caldito. Y Chiqui limpiándose las manos aceitosa en aquella pelota que trajo Faíto. Las caras cada vez más maquilladas de negro pero cada vez más blancas de miedo. La chirigota "Los Tijerita" (que a la postre fueron primer premio, donde militaba nuestro otro autor, Sergio el Majara, grande donde los haya) pasando por delante, entrando muchos a saludarnos, a desearnos mucha mierda. ¿Estamos todos disfrazados? Llegó la hora de salir. Vamos, pasacalles. Allí estaba mi Lola mirándome con una cara en la que se atisbaba satisfacción y nervios a la vez. Y algunas de las niñas de la comparsa. Y las maquilladoras. Y los postulantes. Y mis compañeros de la chirigota.
Adoquinado del suelo de las calles del barrio de la Viña clavándosenos en la planta de los pies con esas chanclas cangrejeras de a 5 euros el par. Íbamos todos más asustados que el niño cuando va por primera vez a la escuela. "Señores, que esto parece un velatorio, coño alegría, que esto es carnaval". Cuánta razón tenía el bueno de nuestro amigo y autor El Chato. Giramos varias calles y ante nosotros se levanta el coloso del carnaval. Entramos por la puerta de atrás y nadie nos pone la más mínima pega (igualito que en cine Alameda en Málaga. Las comparaciones cómo son…). Y dentro un suelo blanco y pulido. Escaleras y puentes. Subimos a la planta de arriba, nos indican cuál es nuestro camerino. Últimos retoques del maquillaje que se nos había ido. Entramos en una gran sala donde se afinan y calientan voces. Joder, estábamos muertos de miedo. Yo miraba a Chiqui con la cara desencajada. Y a Quero. Y a Valiente. Se acerca Chito y me dice, con aquella peluca de Wilson "atiende a uno del Charry". Salgo y hago el pamplina. Nos dan un vasito de vino fino pa calentar el gañote. "Señores, poneros". Nos posicionamos, poniéndonos los guantes. Calentamos con el afamado "Cai de mis amores". Diez o veinte trabajadores del teatro nos miraban. Se miraban entre ellos y asentían. De repente Faly Vila se vuelve y le dice al Chato "Menuda suerte habéis tenido. Cómo suenan los chavales…" Y de repente me aíslo del mundo. Y me pasan por la cabeza las noches en Sevilla escuchando carnaval hasta las tantas con el loco del Pedro. Y las coplas escritas en mis libretas. Y el frío bajo cero de las noches de ensayo. Y me acuerdo de los butaneros, y de la caña de españa. Y de las mangonas y de los pollos y las capitulas. Y de aquel grupo de chavales quinceañeros que un día se colaron en el local de Chito pa que les dirigiera en carnaval. Y me digo. "Joder, hemos llegado hasta aquí. Once años después estoy aquí. Tantas veces que lo había soñado… y ahora que estaba allí estaba muerto de miedo. Había subido hasta lo más alto del tobogán Kamikaze y ahora me daba miedo tirarme… no señor. Voy a salir y a disfrutar como un enano".

Las tablas del Falla huelen de una manera muy peculiar. No sabría explicaros porque allí huele a madera, a maquillaje, a sudor, a disfraz, a nervios por todas partes. Un hombre alto se pone delante de nosotros. Se oye el murmullo del público, el telón aún está echado. "Señores, ustedes a disfrutar. Si algún chufla del gallinero os dice algo ustedes ni caso, a lo vuestro. Que tengáis suerte y que disfrutéis". Gracias, Miguelángel Fuertes. Es verdad que es nuestra noche. Miro a Lirio, miro a Coky. Me vuelvo y guiño a Chito que sujetaba la guitarra, nervioso pero tratando de mostrarse sereno. Y de repente se levanta el telón del Gran Teatro Falla…
El público aplaudía nuestro repertorio finalizado. Estábamos exhaustos, sudando, acalorados y sin aliento. "Mira cómo tenemos el Falla, hermano"… Me decía Lirio señalando con la mirada pal gallinero. Cae el telón y nos fundimos todos en un abrazo, echando los nervios por los poros. Cantábamos, no sé qué. Gritábamos, no sé qué. Toda la ropa que nos quedaba llena de maquillaje. Saltábamos en grupo, haciendo un círculo. Manolo Quero no cabía en sí. "Vamos Cadi, hemos venío a verte…" Arrancó el Ale Canto a cantar. Le siguió hasta Valiente. Felipe también saltaba. Chato y Sergio se acercaron, que nos habían seguido desde bambalinas…

Las imágenes que se me pasarán por delante serán, entre otras, la del telón del Falla levantándose y la de todos nosotros abrazados tras la actuación. Impresionantes momentos.
Disculpen por el exceso, pero la narración de los hechos lo merecía y no he podido sino resumirlo así.
Mil gracias a Chito. Y a Sergio. Y a Chato. Porque es verdad que "dos gaditanos pusieron el alma por cumplir mi sueño"; nuestro sueño. Sueño cumplido. Gracias a todos.
Etiquetas: historias, LuisitoRilke






