jueves, marzo 12, 2015

La Sombra del Viento



Ha sido de lo más disparatado que me ha pasado nunca, pero os juro que lo pasé mal.
En aquella época yo no tenía coche y no tenía más remedio que ir y venir a la facultad en el tren de cercanías. Ciertamente era un fastidio, porque el tren paraba en tantas estaciones que finalmente tardaba dos horas para un trayecto de veinte minutos en coche.
Tratando de combatir aquellos tiempos muertos, me hice un ávido lector. Todos mis viajes en tren con todas sus esperas en la estación me eran amenizados con algún libro.
Por aquella época andaba yo con "La sombra del Viento", de Ruiz Zafón.
Mientras descubría las aventuras de Sempere y Fermín por el barrio Gótico de Barcelona, el traqueteo del tren me recordaba que no andaba yo por esa realidad que tan magistralmente retrataba Zafón, sino en el trayecto hacia mi facultad. Y de repente, cuando el vagón hizo uno de esos bruscos movimientos en las juntas de la vía, me di cuenta de que frene a mí iba sentada una muchacha que me miraba fijamente. Llevaba una chaqueta vaquera, una camiseta negra de Friends y una falda de la que asomaban dos piernas cruzadas con medias a rayas de colores. Le dediqué mi sonrisa de vendedor de aspiradoras y arqueé las cejas como si fuese un presentador de tv, pero la chica no me miraba a mí, sino al libro de Zafón.
- ¿Te gusta el libro? ¿Te lo has leído?
- Una vez me dijeron que a veces las personas no recomiendan libros, son los libros los que recomiendan a las personas. -Me lo dijo sin levantar la vista del que me estaba leyendo. No me miró en absoluto a mí, sólo al libro.
- Vaya, ¿eso quiere decir que este libro te recomienda a alguien como yo? ¿Te has leído ya "La sombra del Viento"?
- No lo he leído, pero me encanta la foto de la portada… -Lo soltó con total normalidad, con la inocencia de una niña de diez años, sin dejar de mirar el libro, sin mirarme a mí. Yo reí divertido ante su ingenio. Más tarde descubriría que aquella chica simplemente era así.

Coincidimos un par de veces más en el tren hasta que un día me envalentoné y la invité a mi piso a cenar. Me extrañó que me dijese varias veces que le encantaría, pero que si yo estaba seguro, que si realmente quería que fuese. Como estaba acostumbrado a sus rarezas y a sus respuestas contra pronóstico, tampoco le di demasiada importancia y le insistí para que viniese a casa.

Esa noche cociné crema de verduras y pescado al horno, tratando de conquistar su paladar, y compré una marca de vino que me habían recomendado que era buena, bonita y relativamente barata. El pescado se me fue un poco de tiempo y me salió un poco pasado. Creo que desde ahí todo empezó a ir mal… pero no me esperaba que acabase fatal.

Desde que llamó al timbre y le abrí la puerta ya noté algo raro: estaba más nerviosa de lo habitual y no paraba de rascarse la cabeza. Fui a darle dos besos pero ella, sin mirarme siquiera, entró en la casa y empezó a andar por el pasillo. Me tuve que aguantar la risa cuando quiso entrar en la puerta de un armario empotrado que había junto a la puerta de la cocina, pensando que allí estaba el salón. Para tranquilizarla, la tomé de la muñeca y la dirigí con calma hacia el comedor. Llegamos hasta la mesa y se sentó frente a mí pero apenas si me miraba, sólo tenía la mirada baja o mirando al infinito, pero parecía que a mí nunca me enfocaba.
- ¿Te apetece una copa de vino? -Le pregunté amable.
- Prefiero no beber.
- Bueno, sólo una copa. Los médicos dicen que una al día es buena para el corazón… -Le di la espalda y fui a la cocina a por la botella.

Cuando volvía por el pasillo la escuché hablar bajito. 
- ¿Me hablas a mí? -Al volver a entrar en el salón me percaté de que estaba diciendo algo que no sabía de qué iba- ¿Qué me dices? No te he entendido.
- No hablaba contigo.-Me dijo. Y siguió hablando con alguien que yo no llegaba a ver. Estaba discutiendo, insistiendo en la idea de que habría sido mejor quedarse en casa, pero nadie le contestaba.
- ¿Te encuentras bien? -Me asusté. De repente su semblante cambió y pareció mucho más tranquilo. Por primera vez me miró a los ojos y sonrió con ternura.
- Sí, estoy bien. ¿Qué hay para cenar? -Le serví una copa de vino y abrí una sopera elegante para servirle.
- Crema de verduras y pescado. Si quieres tengo también vino blanco que le pega más al pescado.
- Este está bien. -Dijo. Cogió la copa y de un sólo trago se bebió todo el vino que le había echado. La miré un poco sorprendido.
- ¿Quieres más vino? ¿Quieres alguna otra cosa?
- Pan. -Me dijo sonriendo con la copa aún en la mano.
- Voy… voy a la cocina a por pan… -No sabía si me estaba vacilando o le pasaba algo raro. 
Nuevamente cuando salí del salón volvió a discutir con alguien. Esta vez daba voces y mandaba callar, pero no entendía bien todas las palabras que decía. Cuando volví con el pan se calló y me miró con ojos de loca.
- Dice que ahora querrás acostarte conmigo.- Me soltó de golpe.
- ¿Acostarnos? No, solo quiero que cenemos. Esas cosas pasan si tienen que pasar, pero la invitación era a cenar, sin más intención que esa…
- ¿Ves? Te dije que sólo quería cenar…
- No te entiendo. ¿Qué dices?
- A ti no es, te lo he dicho antes…
- ¿Con quién hablas entonces?
- Con Daniel Sempere.
- ¿Daniel Sempere?
- Sí. Tú le conoces. Es el que cuenta lo que le pasa en "La sombra del viento".
- ¿Te has leído ya "La Sombra del Viento"?
- Sólo la mitad. He perdido el libro.
- ¿Y qué es eso de que estás hablando con Sempere? -Ella sonrió y tomó una cucharada de la crema de verduras. Entonces empezó el verdadero espectáculo. Puso cara rara, cogió el plato de crema y lo estampó contra la pared.
Yo me puse en pie y di varios pasos hacia atrás. La pared parecía un cuadro de arte conceptual. Varios trozos de la cerámica del plato estaban pegados a la pared por la crema y se deslizaban lentamente hacia el suelo.
- ¡La crema de verduras quema mucho! -Me espetó enfadada con la cuchara en la mano.
- Joder, pues haber soplado, ¿Qué quieres que yo le haga? -Me hablaba con una voz muy rara. Me estaba asustando.
- Me he quemado la lengua… -Y cogió la botella de vino y se la bebió enterita sin respirar. Cuando bajó la botella ya vacía tenía más cara de loca aún.
- Oye, creo que será mejor que te vayas. Esto no va a funcionar… -Le dije con amabilidad, manteniendo una distancia prudente con ella. Y ahí empezó el show.
- ¡Te dije que no quería acostarse conmigo! -Gritaba mirando hacia el infinito- ¡Siempre venís a estropeármelo todo! ¡Me tenéis harta! -Cogió por la boquilla la botella vacía de vino con las dos manos y se golpeó ella sola en la frente por la parte más gruesa. Sonó como la primera campanada de fin de año.
- ¡Ten cuidado! Te vas a hacer daño… -Instintivamente me acerqué para quitarle la botella y al bajar la guardia y acercarme me dio una bofetada. Con una agilidad tremenda cogió la sopera llena de crema de verduras y me la derramó por el pecho. Tenía razón: quemaba muchísimo.
- ¡Sempere, déjale. Sabes que me gusta, que es un tío majo! -Gritaba. Entonces fue a darme un botellazo en la cara y pude esquivarlo de milagro, pero con el revés me dio en el pecho y me dejó sin aire. Tenía mucha fuerza para lo delgadita que era.
- ¿Pero qué haces? ¡Me vas a hacer daño!
- ¡Sempere, que lo dejes! -Gritó. Y justo después lanzó la botella de vino contra la tele. Si hubiese sido una diana se hubiese llevado un 25 doble: es decir, dio con la boca de la botella en todo el centro de la pantalla y se quedó clavada en mi tele de culo del año 2002 -¡SEMPEREEEE! -Gritó de nuevo.
- Oye, en serio, es mejor que te vayas a casa… -Aquello alimentó su locura más aún porque empezó a gritar muchísimo. Vi que de repente cogía todos los cuchillos y tenedores de la mesa e inmediatamente corrí a encerrarme en el baño. Eché el pestillo y me recosté contra la puerta, tratando de entender qué estaba pasando. Los gritos seguían en el salón y no sé qué estaba tirando contra qué pero por los estallidos que conté ya no quedaban platos sobre la mesa. Me miré en el espejo del baño y tenía el pecho lleno de crema de verduras. Entonces me percaté de que aún me estaba quemando con la crema pero que por la adrenalina no me quemaba demasiado. Me quité la camisa y tenía todo el pecho rojo de la crema caliente y un moretón del botellazo.
Escuché que salía del salón y entraba en la cocina dando voces. Entonces empezó una nueva orquesta: todos los platos, vasos, sartenes y enseres de mi cocina marcaban un ritmo macabro al estrellarse contra las paredes, los muebles o el suelo. 
Por suerte sonó el timbre y los ruidos cesaron. Ella fue a abrir. La escuché pasar por delante de la puerta del baño en la que estaba. Continuaba discutiendo sola con Daniel Sempere, el protagonista de "La Sombra del Viento".

Al parecer un vecino había llamado a la policía por tanto ruido inusitado. Dos agentes se personaron y ella les abrió con un cuchillo jamonero en una mano, un mortero en la otra y con la cabeza ensangrentada por los vasos que se había roto en la frente. Obviamente la redujeron mientras ella seguía maldiciendo y culpando a Sempere de todo. Llamaron a una ambulancia y entonces salí de mi escondite con las manos en alto y tratando de explicarme. Un policía me obligó a ponerme contra la pared del pasillo y, tras cachearme, le conté como pude, aún contra la pared, todo lo sucedido, mientras ella gritaba poseída por Sempere.

Cuando llegó el de la ambulancia la reconoció enseguida de otros brotes en los que ya la había atendido. Le pinchó un calmante y le limpió las heridas. Nos contó que por los síntomas llevaba tres o cuatro días sin medicarse, que se la llevarían a observación para ver si tenía daños. 

Me dejó la casa como si hubiese habido una fiesta de heavys en cada habitación. Los policías, tras pedirme los datos, identificación y todo lo necesario, salieron acompañados del sanitario de la ambulancia que la llevaba al hospital. Entonces la miré y volvía a tener esa cara de niña inocente. Era otra vez esa chica guapa que una vez conocí en el tren de cercanías con las medias de colores. Me sonrió.
- Oye, a ver si otro día quedamos para cenar y me cuentas qué le pasó a Sempere, que he perdido el libro de "La sombra del viento" y el cabrón no me lo quiere contar… -Sonreí.

- Te lo cuento, pero los platos y vasos que sean de plástico, por favor...