domingo, marzo 20, 2016

Salvador Boza: uno de mis referentes.



Corría septiembre del 98; yo venía de hacer dos cursos en un instituto en el que estaban todos mis amigos del barrio, de mi adolescencia. Era mi zona de confort, me movía como pez en el agua por las 6 clases de la ESO de aquel instituto Pérez de Guzmán, saludando a unos, bromeando con otros. Justo en aquel momento tenía decidido enrolarme en solitario en una aventura artística que acabaría desembocando siete años después en mi licenciatura de Bellas Artes.

En aquel septiembre del 98 ya empezábamos a buscarnos la vida con la primera chirigota que aún no había salido del cascarón. Faltaba un mes o así para que Chito y yo nos conociésemos y me pidiese aquella cinta de casette de carnaval que nunca me devolvió, y yo me cambié de instituto para hacer el bachiller de Artes. Iba sin norte y con mi tranquilidad social perdida, pero confiado en conseguir pronto esa comodidad de la que había gozado en el anterior centro. 

Los primeros días en aquel bachillerato de artes parecían fríos e impersonales; nada que ver con las risas diarias que me pegaba con mi primo Juandi, Carlitos, Cabeza, Manu o Lacave, por decir algunos. En aquellas aulas desconocidas, impersonales, coincidían estudiantes que muchos de ellos se conocían de años anteriores por haber estado matriculados en el mismo centro, por lo que era bastante difícil, a pesar de mis habilidades sociales, calar entre ellos.
Sólo en una mesa, con mirada pensativa y aire absorto, habitaba un loco artista con quien coincidí. No tardamos mucho en hacer buenas migas: él también era carnavalero y le flipaban los cuartetos. Con las rimas de las primeras parodias del Vera Luque fuimos entablando amistad y a día de hoy Pedro es casi como mi hermano.

El curso empezaba a avanzar y entre nosotros iba calando, nos iba empapando poco a poco, la simpleza educativa y artística de aquel hombre de cuarenta tacos más o menos. Tenía más pinta de ser un trabajador del campo que de un profesor de arte. Hablaba con voz grave y nos bajaba de las nubes a la primera de cambios.
Salvador Boza nos medía, y nosotros a él, porque éramos la primera promoción de bachillerato de Artes, y Salvador tenía que aprender por dónde iba a tirar con nosotros y dudaba de lo que iba a encontrar allí, de la misma manera que nosotros estábamos perdidos y a veces confiados en exceso, en una clase a modo de taller a la que el sistema educativo no nos había acostumbrado.

Salvador nos iba hablando de dibujo, de carboncillo, de temple al huevo, de frescos y óleos, de sus vidrieras para iglesias, de un tal Mantegna, de la facultad de arte de Sevilla, de Velázquez, del Renacimiento italiano, de arte clásico y arte abstracto... Nos daba varias asignaturas artísticas, pero él, un hombre que convertía lo difícil en sencillo, que siempre tiraba por la calle de en medio, dividía los trimestres en asignaturas y nos tenía 3 meses haciendo dibujo, luego tres haciendo modelado y por último otros tres trabajando técnicas pictóricas. Por su culpa aborrecimos a la Venus de Milo, aunque diez años después la vi en el Louvre y fue un flechazo a primera vista. Por culpa de Salvador nos metíamos en el taller en la hora del recreo, siempre que había un hueco porque faltase algún otro profesor, llegando incluso a escaparnos de otras asignaturas para entrar en su taller.

Salvador nos daba la caricia y el golpe a la vez. Nos narraba su vida mientras pintábamos y todos reíamos divertidos. Nos explicaba cómo era la vida en la carrera de Bellas Artes y todos los de aquella clase nos imaginábamos deambulando por sus pasillos, con aires bohemios, saboreando la libertad. 

El segundo año tuvimos la grandísima suerte de ir a Italia con él. Arezzo, Florencia, Roma, Il Cupulone, Miguel Angelo, Rafael Di Sancio... La bandera del Betis en el autobús, la guitarra del loco al que Salvador le regañaba porque no tocaba bien las alegrías para que él pudiese lucir su canto por Camarón, brindiccino con limoncello... y arte y pasión por lo que nos transmitía.

Cuando trabajábamos en su taller, Salvador nos contó cuando estuvo a punto de perder un ojo y ya pensaba en qué parche iba a lucir, nos contó sus escaqueos en tren para ver a sus ligues en su juventud, nos cantaba por Camarón cuando le insistíamos... y de repente un día nos dimos cuenta de que aquel hombre se había convertido en nuestro ídolo. Salvador era nuestro referente máximo y todos queríamos ser como él, seguir su trayectoria, pintar como él, crear como él. Y a pesar de todo, creo que ha sido con el tiempo cuando lo he ido valorando de verdad.

En cinco años de carrera de Bellas Artes aprendí mucho, trabajé muchas técnicas y la saboreé con placer, pero yo ya sabía un poco de todo lo que aprendí en aquella facultad, porque Salvador nos lo había enseñado en su taller del instituto.

Cuando iba por segundo o tercero de carrera, en una semana festiva en Sevilla, me colé por el taller que había sido nuestro segundo hogar y estuve hablando con él. Había nuevas caras, nuevas ilusiones en su nuevo alumnado. Él me presentó orgulloso y me pidió que les explicase cómo era la carrera de Bellas Artes. Allí lucían colgadas de la pared unas auto-caricaturas que nos hicimos en los primeros días que lo conocimos.

También tuve la suerte de coincidir con Salvador como jurado en un concurso de pintura rápida que organizó el ayuntamiento de Ronda. Me sentí importantísimo por ser jurado junto con él, a la altura de quien llevaba tanto tiempo siendo mi referente.

Años después me he visto trabajando como docente en un aula, ante chiquillos y chiquillas que no tienen esa pasión que nosotros teníamos, pero que yo he pretendido transmitir. Y he querido ser Salvador. He querido empaparles el gusto por lo creativo, por el arte, por plasmar ideas. Ahora valoro más que nunca a educadores que tuve como Ángel o Salvador, posiblemente los dos mejores docentes con los que me he cruzado. Yo quiero ser como ellos. Siempre que me dispongo a explicar un tema nuevo, a proponerle un trabajo nuevo a mi alumnado, me acuerdo de ellos y me digo "¿Cómo explicaría Ángel esto? ¿Qué haría Salvador para que mis niñxs cogiesen el proyecto con ganas e ilusión?".

Recientemente me han dicho que Salvador estaba teniendo problemas serios de salud y me ha invadido una tristeza atroz. A pesar de que hace años que no le veo, me ha dolido como si le pasase algo malo a alguien cercano, y me he dicho que tal vez no haya sido justo con Salvador. Nunca le di las gracias por todo lo que hizo por nosotros. Nunca le he dicho que su día a día me ha marcado para siempre, que su talento, su cariño, su dedicación, sus consejos y sus palos me han venido de maravilla. Nunca en mi vida académica aprendí más que en aquellos dos años de bachillerato, y en grandísima medida se lo debo a él, que fue capaz de resumir una carrera de cinco años en dos. Fue capaz de transmitirme aquel amor por el arte que me va a acompañar siempre.

No sé si alguno de los que leáis este texto tiene acceso a Salvador Boza, pero si así fuese, me gustaría que se lo hiciéseis llegar. Me gustaría darle las gracias a Salvador por todo y darle todo mi ánimo y mi cariño, esperando que se recupere lo antes posible.

Gracias por ser uno de mis referentes, Salvador Boza. 


Luis Almagro. 1º/2º Bachiller de Artes. Cursos 1998/2000.

2 comentarios:

Laura Gonzalez Simon dijo...

Buenas noches,
somos dos alumnas de salvador, de hace ya 6 años, nada menos, pero hoy hablando de el y recordando sus clases nos hemos emocionado pensado los problemas que atraviesa, y recordandolo siempre como un idolo, un heroe a imitar, y tenemos que decir que tus palabras nos han emocionado, porque es tal y como lo recordamos, y como lo queremos recordar siempre
gracias por plasmarlo por todos los que fuimos sus alumnos, y lo recordamos con gran cariño
El siempre nos decía que, si creas que algo que sobraviva en el tiempo, siempre serás inmortal, y así es como nosotras lo sentimos a él
Un saludo

María Marín Guerrero dijo...

Maravilloso. Me has hecho volver a vivir mis dos años de bachillerato con él, esa fascinante persona.